27.8.13

Sueño recurrente.

       La verdad es que nunca he tenido un sueño recurrente, las mismas escenas, personajes e historia repitiéndose cada noche, pero sí hay una temática que han repetido mis sueños desde que puedo recordarlo, y son las entidades terroríficas, como aquella mujer que flotaba en las esquinas del techo de mi cuarto (por eso cambié de dormitorio) o esos habitantes de la ciudad que eran poseídos y me daban caza. Voy a relatar los dos más recientes.
         La madrugada del lunes soñé que mi mamá estaba muy enferma en un hospital, mi papá se quedaba en la misma habitación que ella y yo en una de enfrente, y aunque sólo estábamos nosotros tres en el hospital, yo veía y escuchaba gente moviéndose por los largos pasillos y dentro de las otras habitaciones, pero no eran sonidos normales sino gemidos de lamento, metales, vidrios rompiéndose, ruidos fuertes e intimidantes. Al contarle a mi papá el me dijo de forma tranquilizadora “no tienes por qué temer, esas son las almas de la masacre de Chacaíto” y obviamente eso no me tranquilizó en lo absoluto. Esa noche volví a ver las entidades pero esta vez estaban intentando deliberadamente entrar a mi habitación. Era una sensación asfixiante. No tenía ningún lugar por el cual huir. Casi despierto de pura desesperación, pero no podía despertar del todo, imagino que estaba en una etapa profunda del sueño porque la habitación del hospital se había transformando en mi propio cuarto, y podía sentir las almas en pena acercándose, lo único que se me ocurría era llamar por teléfono y pedir ayuda pero aunque repetía el teléfono de mi novia constantemente en mi cabeza, no podía presionar las teclas del teléfono. Intenté gritar pero no tenía voz. Escuché los lamentos ya dentro de mi habitación y me desperté.

        Hace unos meses, la misma noche de un conflicto sentimental, soñé que me iba lejos de la ciudad, a un pueblo rodeado de bosques densos. Me iba a cuidar a una familia de siete niños y a su madre enferma; el padre estaba lejos trabajando. Yo me encargaba de alimentarlos, bañarlos, vestirlos y protegerlos, y es que en el pueblo había una maldición: cada noche, un demonio muy poderoso que podía transformarse a voluntad en cualquier criatura imaginable, merodeaba por el pueblo, ingresaba a todas las casas y mataba a alguien al azar. Se suponía que no debíamos salir de noche ni ver al demonio cuando estaba cerca, pero había noches en las que no podía soportar sólo escucharlo en la oscuridad, y abría los ojos para observar un monstruo casi amorfo, casi abstracto, profundamente terrorífico; él sólo observaba brevemente y seguía su camino. Yo estaba determinada a romper la maldición así que una noche intenté cerrar todo y poner barricadas, no funcionó. Otra noche dejé todo abierto de forma intencional pero el demonio seguía entrando a la casa; podíamos sentir su olor corrupto, su respiración pesada. De esta forma fui intentando algo distinto cada noche sin tener éxito.

        El día era tan normal como lo sería en un pueblo donde la vida es dura, y sin embargo, yo no era la única que disfrutaba pasar las tardes en la plaza mayor: siempre estaba llena de gente, los niños jugaban despreocupados y yo podía relajarme unos minutos. Una vez me di cuenta que era observada por una mujer, una pelirroja hermosísima de ojos claros que me robaba el aliento, y a partir de ahí cada tarde nos mirábamos de lejos. A veces incluso nos cruzábamos por la calle, y era muy reconfortante tan sólo poder verla de cerca mientras cumplía todas mis obligaciones; en varias ocasiones tenía que buscar a los niños a la escuela, caminando, como la vez en la que tuvimos que atravesar un sendero lleno de perros muertos, había patas ensangrentadas y cabezas ya medio descompuestas, y tuve que cargar a cada uno de los niños de un lado del sendero al otro, ellos lloraban y yo intentaba no caerme cada vez, intentaba calmarlos. Se supone que eran víctimas del demonio ya que ni los animales estaban a salvo. Por alguna razón instintiva supe que la mujer pelirroja sabía algo, así que al final de una tarde lluviosa pasé por la plaza, ya casi todos se habían ido a sus casas pero la mujer pelirroja estaba en el mismo lugar de siempre, observando cómo caminaba directamente hacia ella. Cuando la tuve frente a mí ella me tomó de la mano, me llevó hacia el frente de la iglesia y me besó sin ningún titubeo, nos besamos apasionadamente bajo la lluvia y yo olvidé al instante por qué había ido a hablarle, sólo podía pensar en la sensación de recorrer su cuerpo o sus labios sobre los míos. La hice mía en ese lugar, en ese instante, y al finalizar ella me besó muy tiernamente y me dijo que debía dejar las ventanas abiertas pero las cortinas cerradas, y que la única forma de destruir a la bestia era untándose mayonesa en todo el cuerpo. Sí, en algún momento me parecieron muy raras sus indicaciones, pero esa misma noche las puse en práctica. Yo estaba en la misma cama con la madre y todos los niños, estábamos untados en mayonesa de pies a cabeza, y cuando entró el demonio se volvió frenético al instante, empezó a emitir sonidos guturales y cambiaba de forma muy rápido: primero era un monstruo de tres cabezas, luego era un cadáver, luego era un gorila gigante y luego se convirtió en un oso frontino muy grande, empezó a chocar con todas las paredes de la casa, tan duro que comenzó a derrumbarse, yo sólo podía intentar proteger a la familia mientras el demonio agonizaba, y en una de sus sacudidas agarró a uno de los niños, el más pequeño, y tuve que observarlo morir con el demonio, no podía separarme de la madre ni del resto de los niños. Lo más vívido del sueño fue exactamente ese momento: los alaridos ensordecedores del oso y el llanto desesperado del niño mientras alargaba sus pequeños brazos hacia mí.

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